jueves, 18 de marzo de 2010

¡Yo cuido el medio ambiente al máximo!


Y como en todas mis rupturas siempre éramos tres, esta vez, muy a mi pesar fue el drama el tercero en discordia.


En mi defensa ante un juez, me gustaría decir que : El melodrama americano es mi especialidad, pero el master en pena ha sido su asignatura preferida


Los dos sentados en cada esquina del sofá, aquel de cuero que tanto empeño puse por su puja en Londres. Las puntadas ya estaban dadas de sí, tanto sexo ocasional, programado y salvaje habíamos teniendo en él que sus $4000 habían sido amortizados con creces.


Nuestras piernas sostenían cajas de cartón. Tristemente con recuerdos de nuestra relación. Tres discos de Tina Turner, dos pulsera, tres faldas manchadas de pintura, cinco gafas de sol, dos de ellas con una patilla rota, tus medicamentos del mes pasado, tres cuadernos-diarios que ahora solo tenían frases sin sentido de días inventados por los dos cuando jugábamos a realidades paralelas, un par de medias rotas, un viejo vinilo roto tras mi irá, que tú lo descubrirías en tu casa, las llaves de repuesto de tu coche, mi corazón y un bote vacío de colonia.


Mi cuerpo estaba rojo, acababa de pasar 30 min en la ducha bajo un chorro de agua hirviendo que para mi pesar no me había hecho reaccionar.


El intercambio fue frío, como en el fondo lo eras tú.


Te acompañé a la puerta. Te giraste y me preguntaste.


¿Qué hago con esto?

Recíclalo- dije mirando mi pequeño corazón en tus manos, mientras cerraba la puerta.

lunes, 1 de marzo de 2010

¡Se va la petarda!


Y ella se fue a la guerra…


Todavía recuerdo nuestra despedida. En mi mano el último clavel blanco del salón. Entre mis piernas, mis dos pequeñas: María de la Encarnación y Rosa Dolores. Nuestras niñas. Nuestra vida. Mis lágrimas caían sin cesar. Miraba desde la puerta de nuestra casa como te ibas. Como el violento viento azotaba tu melena y jugaba con tu falda de encaje. Mis gritos se quemaban internamente. Mis manos se mantenían atadas a los bolsillos del vaquero y mi corazón en tu pequeño saco.


Me hubiese gustado correr junto al barco gritando nuestros votos nupciales, recortando las palabras que un día te dije de rodillas debajo de aquel limonero andaluz, correría los miles de kilómetros que nos separaban solo por decirte buenas noches, por ver como juegas con tu anillo cuando crees que nadie te mira e incluso nadaría la distancia que nos separa tres veces solo por volver a ver aquellos ojos, que a día de hoy no he vuelto a ver.


Debía ser fuerte, al igual que tú. Debía luchar y mantener lo que tantos años nos había costado construir. Teníamos una vida juntos, esto solo iba a ser un pequeño intermedio que interrumpe una bonita película. Pero tarde o temprano las cosas cambian y los sentimientos se reconstruyen, llegando a ser otros totalmente distintos. Tú querida, lo sabes mejor que nadie.


Todas las mañanas mentía a las niñas diciendo que hoy su madre volvería con nosotros. Me mentía a mi mismo. Y visto el final de esta historia, tú también nos mentías a nosotros.


Tras meses sin noticias tuyas, llegaron mis temores. Mis miedos. Las niñas ya no sentían lo mismo que meses atrás, tu partida las había cambiado, las había roto por dentro.


Mis ansias de saber, de conocer tu paradero, de pedirte explicaciones y volver a verte aunque tan solo fuera por una vez más me mataban. Me consumían por dentro dejándome sin fuerza. Sin lágrimas en los ojos y sin gritos en los pulmones. Mi cabeza te veía en todos lados, tu figura se movía por la calle al compás de otros cuerpos femeninos. Ya estaba obsesionado. Enhorabuena, lo conseguiste.


Dejé a las niñas con su abuela, yo ya no podía más. Mis fuentes me habían confirmado que estabas viva, no quisieron darme más datos. Un papel con tu ubicación y se desentendieron. Cariño, quiero decirte que hemos perdido amigos, pero ya te lo diré en persona. Y otra cosa, ¿dónde guardamos el diario de María de la Encarnación?


Mi ropa fue estudiada varios meses antes. Quería que me reconocieras y si yo tuviese que olvidarte que fuera con esta ropa. ¿Cuál? El traje marrón chocolate de la primera cena con tus padres. Sabes que me encanta como me queda y tú sentirías el recuerdo de lo que pierdes.


El lugar lo desconocía, pero la zona me encantó. Me alucinó lo bien engañado que me tenías tantos años atrás. Pero que quieres que te diga, la que sabe, sabe, y yo por eso me casé contigo.


¿Sentimientos? En ese momento ninguno. Bueno tal vez uno sí… decepción. Tus hijas ya no preguntaban por ti, yo había sido fuerte por los dos, me habría cortado un brazo si tú solo me lo hubieras sugerido y ¿con qué me encuentro?


No tenía ganas de discutir, solo quería que me vieras, que con una mirada lo supieras, que lo notaras en el aire… se había acabado. Se había acabado mi amor. Ese que tú nunca tuviste.


Tus explicaciones fueron tardías, pésimas y sin sentido. Al fin y al cabo, como nuestra vida.


PD: Gracias Barroso.